Chucho Ramos, el segundo de los mohicanos

Chucho Ramos, el segundo de los mohicanos

Caracas, VE.- El nombre de Jesús Manuel (Chucho) Ramos es ya un recuerdo triste e injustamente borroso, mejor aún casi por completo esfumado para la historiografía venezolana en lo que se refiere al mundo del deporte nacional. Presumo, de esta guisa y ante el largo tiempo transcurrido, que únicamente

han de quedar esparcidos por aquí y por allá solo unos escasos miles de los aficionados que aplaudieron sus proezas en los años que abarcaron del ‘40 al ‘50 y tantos.

La verdad sea dicha, también quien escribe y que fue su amigo (en los 60 y 70 hablábamos mucho de beisbol, muy especialmente de la pelota menor que fue su pasión de hombre maduro y en retiro de la acción en los terrenos) había tendido un censurable manto de olvido sobre el Comisario, su nombre de batalla en el terreno de juego, hasta que un día de estos, al hurgar en mi esmirriada y desatendida biblioteca tomé al azar un viejo libro -50 Años del Deporte en Venezuela, un ameno y didáctico trabajo periodístico de investigación histórica conducido por mi desaparecido, respetado y entrañable colega Gustavo Aguirre-, acaso por una afortunada casualidad, al abrir la primera de sus páginas me topé con la sonrisa amplia y franca de Chucho enfundado en el uniforme del desaparecido club Venezuela y a la izquierda de César Nieves, La Escoba Criolla, otro ídolo de aquellos años románticos del incipiente beisbol del país.

Se me ocurrió en ese momento que no sería mala idea, en especial para conocimiento de las nuevas generaciones y para adobar la nostalgia de las viejas, dedicarle algunas cariñosas líneas y unas cuantas palabras a quien entregó sus mejores esfuerzos y años al deporte venezolano, como practicante de las más variadas disciplinas, en las cuales sobresalió, en principio para el desaparecido club Unión (brilló como un buen corredor de 100 y 200 metros planos, a más de futbolista de primera, sobresaliente basquetbolista y rendidor voleibolista), si bien con ribetes particularmente descollantes en el juego del bate, el guante y la pelota.

Dos asuntos tienen un carácter prioritario por contarse ellos entre los haberes más relevantes en la carrera atlética de Ramos: su decisiva intervención en la Serie Mundial del 41 en la que Venezuela labró una de sus máximas hazañas deportivas al alzarse con el cetro en La Habana, Cuba, y su condición de haber sido el segundo pelotero venezolano en jugar en Grandes Ligas (el primero, como sabe la mayoría, fue Alejandro Patón Carrasquel en 1939) lo que hizo el monaguense con los Rojos de Cincinnati, un día del cual el 7 de mayo venidero se cumplirán 70 años.

Pilar básico en el título del 41

Precisamente en estos dos sucesos de su vida deportiva son en lo que enfocaremos esto que ahora leen acerca de este Chucho Ramos nativo de Maturín, Monagas, donde nació un 12 de abril de 1918, y fallecido en Caracas a los 59 años de edad el 2 de septiembre de 1977.

Un zurdo que extrañamente bateaba a la derecha (en su tiempo el ambidextro con la estaca era una rara avis), Ramos, cuyo apodo de Comisario le venía de haber trabajado en la jefatura civil de San Agustín, empezó en el beisbol en su ciudad natal a los 14 años y en 1937, ya con 19, formó filas en el Venezuela de Juan Antonio Yanes (Yanesito) en lo que se llamaba Primera División -aún no existía el profesional- y en su primera campaña conquistó el título de Novato del Año.

Del Venezuela pasó al Vargas y de allí al Magallanes para el que jugó del 41 al 56, desde el 46 al último año citado ya en el rentado, según relata Daniel Cárdenas Lares (q.e.p.d.) en su libro Venezolanos en las Grandes Ligas, sus vidas y hazañas, apoyo para buena parte de este trabajo.

Su destacado papel con aquellos tres equipos le dio cabida a Ramos en la selección nacional que iría La Habana a disputar el campeonato mundial del 41, en calidad de jardinero y primera base, con la responsabilidad de alinear nada menos que como cuarto bate.

Durante toda la serie Chucho Ramos fue pieza fundamental para el conjunto nativo al punto tal de haber sido él quien remolcó las dos primeras carreras y anotó la tercera y última del partido final en el que Daniel Chino Canónico, el máximo héroe de Venezuela, aisló 8 hits del equipo anfitrión para imponerse 3-1 y traer el gallardete al país.

Es una historia centenares de veces contada, pero a pesar de ello recrearé una mínima parte, la del capítulo inicial de ese juego crucial. En la parte alta de dicho acto de apertura el primer bateador, José Pérez Colmenares, el Terrible Pérez (para quienes no lo saben, que presumo debe haberlos, el nombre del estadio sede de los Tigres de Aragua se lo debe a él) recibió boleto y luego de un out Héctor Benítez, Redondo Benítez, recibió pasaje gratis. Con dos en circulación Ramos templó cohete de dos bases a a la izquierda que fletó las dos primeras anotaciones y ancló en la antesala por error del jardinero, para anotar desde allí con otro imparable de José Antonio Casanova.

Ramos terminó la justa habanera con 389 puntos de average y fue quinto entre los toleteros con 14 incogibles en 36 apariciones.

Pasantía fugaz, aunque exitosa

Tres años más tarde el Comisario recibiría la oportunidad de trepar a la pelota grande con los Rojos de Cincinnati, ascenso respecto del cual se conoce poco en cuanto corresponde a los detalles o circunstancias que propiciaron su ingreso al ahora ya centenario conjunto del estado de Ohio.

Para la época, como es comprensible, las comunicaciones que en la actualidad llamamos globales eran punto menos que primitivas, a tal grado que muchos acontecimientos de carácter mundial usualmente demoraban días en divulgarse y conocerse en muchas regiones del globo.

Por tal razón en Venezuela se comentaba en los corrillos del beisbol, sin confirmación precisa, que Chucho Ramos estaba en Grandes Ligas. La ratificación del rumor se tuvo el 8 de mayo del 44, cuando un despacho cablegráfico dio sorpresiva cuenta de su estreno.

La reseña indicaba que el venezolano tuvo un gran día al ligar de 4-3 ante los lanzamientos de Max Lanier, un estelar serpentinero de los Cardenales de San Luis, quien ese año formó parte del Todos Estrellas y ayudó a SL a ganar la Serie Mundial de esa temporada.

No obstante tan auspicioso e impactante inicio y de la buena imagen que se creó a los ojos del manager Bill McKechnie, el pelotero oriental apenas pudo tomar en lo sucesivo solo otros siete turnos y así terminó su fugaz actuación con los Rojos con un promedio de .500, producto de cinco hits en 10 presentaciones al plato, en cuatro cotejos.

De acuerdo con lo que trascendió en su momento los Rojos debían abrirle cupo a un lanzador novato estadounidense y Ramos fue enviado al Syracuse AAA, para el que jugó dos años y con el que conectó para 259 en 111 partidos en la primera campaña y para 256, 37 empujadas y un cuadrangular en 102 choques en la segunda (1945). Nunca más recibiría una nueva llamada que le permitiera mostrar su talento en la mejor pelota del mundo.

De vuelta a casa prosiguió activo hasta 1956. Tenía entonces 38 años y aun cuando conservaba casi intactas sus facultades y un buen estado físico se hallaba igualmente desencantado de la manera en que a niveles directivos se manejaba nuestro beisbol.

Sin embargo, le era imposible estar lejos de su gran pasión y ello explica el porqué sus últimos años los dedicó a enseñar lo mucho que sabía de beisbol a los chipilines y juveniles de las barriadas caraqueñas.

Hace ya 37 años se nos fue Jesús Manuel (Chucho) Ramos, el Comisario, uno de los mejores bateadores en el acontecer del beisbol nacional y el segundo mohicano criollo de la historia en la pelota grande, en una ahora extensa nómina que al iniciarse el 1° de este mes la campaña de Grandes Ligas ya rebasa ligeramente los 300. Y que continúa in crescendo.

(Autor: Jesús Cova)

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Artículo originalmente publicado en el site globovision.com como «Chucho Ramos: El segundo de los mohicanos». Para ver el original, click aquí.

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